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    Dengue: la guerra de nunca acabar
    VÍCTOR ARIEL GONZÁLEZ, La Habana | Mayo 30, 2014

    Un mal endémico

    Una sirena de la policía rompe la tranquilidad del amanecer, cuando
    todavía no han apagado los pocos faroles de las avenidas. Segundos más
    tarde se oye un zumbido ensordecedor, como de un panal de abejas
    amplificado por potentes altavoces. Así suena el ataque químico lanzado
    cada mañana sobre la ciudad desde que han aumentado los casos de dengue.

    Algunos vecinos saltan de sus camas para cerrar las ventanas. Por mucho
    que se apresuren, no pueden evitar los estornudos que provoca la nube
    tóxica colándose por cualquier rendija. Un camión esparce un humo denso
    y pestilente. A veces trae escolta policial. El escándalo que hace la
    caravana es insoportable.

    La infestación de dengue que sufre Cuba se ha extendido tanto por el
    país que, para contenerla, las autoridades han desplegado una campaña
    semejante a un conflicto armado. “Lucha antivectorial” u “ofensiva
    contra el enemigo” son los nombres de esta movilización a gran escala.

    El “enemigo” no es otro que el mosquito Aedes aegypti, vector principal
    del virus y especie muy extendida por el trópico. La enfermedad que
    transmite mata cada año 25.000 personas en el mundo.

    En esta guerra, el saneamiento de las calles a primera hora equivale a
    la artillería pesada. Es sólo el comienzo de varias maniobras en las que
    también participarán batallones de inspectores y fumigadores, tanto
    civiles como militares, visitando las viviendas. Una legión de doctores
    y estudiantes de medicina se encargará de buscar casos de fiebre en cada
    familia. El ritmo diario de la vida estará marcado por este trasiego.

    La televisión retransmite programas a toda hora sobre las medidas
    preventivas contra los focos del mosquito, y llama la población a dejar
    que los empleados de sanidad se metan hasta en los rincones más íntimos
    del hogar. Los que se resisten a esas visitas se exponen a una multa.

    En grandes hospitales como Covadonga, enclavado en la vieja Calzada del
    Cerro, han improvisado un centro de internamiento obligatorio para
    sospechosos de dengue. Las maltratadas instalaciones no dan abasto, ni
    con las amas extras a lo largo de los pasillos. Nadie quiere ir a parar
    allí, “porque si de verdad no estás enfermo de dengue, igual terminas
    pescándolo”, sentencia la sabiduría popular. Los basureros y la maleza
    circundante son caldo de cultivo para el mosquito y aumentan la
    posibilidad de contagio.

    Otros tienen más suerte y consiguen quedarse en casa, con la aprobación
    de un médico y la condición de permanecer bajo un mosquitero todo el día.

    Los cubanos viven desinformados. Hay rumores que hablan de decenas de
    muertos por dengue, fundamentalmente entre niños y ancianos. Sin
    embargo, en la prensa oficial la epidemia nunca ha sido declarada.

    Un día como soldado

    En 2006 un brote de dengue se propagó por nueve provincias del país y
    desencadenó una verdadera histeria colectiva entre las entidades
    encargadas de luchar contra la catástrofe. Una de ellas, el Ejército,
    recluta cada año a miles de jóvenes para participar en la campaña contra
    el dengue.

    Yo fui uno de esos reclutas que debieron pasar un año de servicio
    militar obligatorio en un batallón anti vectorial. Cada día debía
    inspeccionar 30 viviendas en la zona de Nuevo Vedado, para hacer el
    tratamiento focal, que consistía en buscar larvas o pupas de mosquito en
    los tanques de agua. Algo monótono, pero que me daba la oportunidad de
    conocer a todo tipo de gente, desde quienes protestaban por la visita
    indeseable o te cerraban la puerta en la cara, hasta la muchacha que
    sonreía cuando le celebrabas el color de sus ojos, pasando por amas de
    casa ligeras de ropa, prestas siempre a ofrecerte un café o un vaso de agua.

    El director del policlínico 19 de abril pretendía que nuestro pequeño
    pelotón revisara más de 10.000 casas en un par de semanas.

    Nuestros jefes de tropa, que nos acompañaban cada mañana desde los
    cuarteles de La Cabaña, no querían defraudar a las autoridades de Salud
    Pública: “Vamos, ‘quemen’ casas, pero que yo no los vea”, advertía el
    teniente Rodríguez con su severidad habitual; lo cual significaba llenar
    completamente un registro que debíamos entregar al policlínico al
    concluir la jornada, de forma que pareciera que ninguna vivienda quedaba
    sin inspeccionar, aunque muchas de ellas estuviesen cerradas.

    Así que al poco tiempo de convertirme en “Operario B” –así se llamaba mi
    cargo de improvisado inspector sanitario–, aprendí a inventarme algún
    que otro tanque por allá o un tragante por este otro lado… Todos esos
    lugares imaginarios quedaban “debidamente revisados”. No era honesto, ni
    mucho menos resolvía el problema epidemiológico, pero lo más importante
    residía en no dejar casas cerradas. Órdenes estrictas.

    Aunque parezca terrible, ese mal procedimiento no era el motivo por el
    cual persistía el dengue. De hecho, resultaba difícil encontrar
    criaderos dentro de las casas porque la gente se cuida mucho de
    tenerlos. Empero, había sitios específicos donde pululaban las larvas,
    como la cisterna sin tapa debajo del edificio conocido como “los
    pilotos”, en la calle Factor: más que un foco de infección, el agua que
    contenía parecía una sopa de bichos.

    Permaneció así durante meses sin que se solucionara. El costo de la tapa
    para cerrar la cisterna finalmente corrió a cargo de los vecinos porque
    el programa contra el dengue no tiene planificado este tipo de inversiones.

    Un trabajador civil de la campaña bromeaba: “si destruimos todos los
    focos, nos quedamos sin trabajo”. Él era un “profesional” del sector. A
    diferencia de nosotros, los soldados, vestía un uniforme gris y se
    encargaba de darnos indicaciones técnicas y chequear nuestro trabajo. Su
    trato y su aspecto personal dejaban bastante que desear, pero el
    ministerio de Salud Publica (MINSAP) no puede ser escrupuloso cuando
    contrata al personal para estas tareas, ni tampoco exigir calidad en sus
    servicios.

    Por cada muestra de Aedes aegypti que obtenían, estos empleados recibían
    una bonificación, por lo que ciertos inspectores sagaces “sembraban”
    larvas en los tanques domésticos.

    Entre los atractivos de esta ocupación estaba la posibilidad de vender
    parte de los materiales de trabajo. Una buena cantidad de la gasolina
    para los aparatos de fumigación terminaba desviada al mercado informal.
    Ocurría algo similar con el alcohol para flamear los depósitos vacíos y
    matar los huevos de mosquito. El compuesto granulado conocido como
    abate, que inhibe el desarrollo larvario, tenía mucho éxito entre los
    padres deseosos de erradicar piojos y liendres en sus hijos.

    Tanto los civiles como los soldados del programa anti-vectorial éramos
    llamados coloquialmente “la gente del mosquito”. Había quien pensaba que
    todos veníamos de Camagüey o Ciego de Ávila y, de hecho, una parte
    importante de nuestro batallón procedía de provincias del interior, dado
    que La Habana siempre ha sido la región más afectada por el dengue.

    También estaban quienes nos veían como criminales. Circulaban rumores
    sobre delincuentes que se hacían pasar por inspectores para entrar
    fácilmente en las casas, efectuar una especie de censo de objetos de
    valor y etiquetar la vivienda con un código secreto en forma de pequeños
    signos dibujados en el exterior.

    No podía faltar tampoco las sospechas de que la policía política
    aprovechara la campaña contra el dengue para introducirse en las
    viviendas de los disidentes. Muchos opositores desconfían de esos
    inspectores de sanidad que podrían ser en realidad agentes de la
    Seguridad del Estado y cuyo interés no radica precisamente en lucha
    contra el mosquito Aedes aegypti.

    Source: Dengue: la guerra de nunca acabar –
    http://www.14ymedio.com/reportajes/Dengue-guerra-acabar-dengue_hemorragico_0_1556844305.html

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