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    El dengue y los embustes para niños
    YOANI SÁNCHEZ, La Habana | 20/08/2014

    Explicarle a un niño la muerte siempre es una tarea difícil. Algunos
    padres acuden a la metáfora y otros a la mentira. Los adultos justifican
    ante los infantes el fallecimiento de alguien con frases que van desde
    el “se ha ido al cielo a vivir en una nube” hasta el embuste de que
    “está de viaje”. Lo peor sucede cuando esas invenciones trascienden la
    familia y se convierten en política informativa de un Estado. Falsificar
    ante una población la real incidencia de la muerte es escamotearle su
    madurez y negarle su derecho a la transparencia.

    En 1981 una epidemia de dengue hemorrágico estalló en Cuba. Yo tenía
    apenas seis años pero aquella situación me dejó profundos traumas. Lo
    primero que nos comunicaron en la escuela fue que la enfermedad había
    sido introducida por el “imperialismo yanqui”. El Tío Sam de mis
    pesadillas infantiles ya no nos amenazaba con un arma, sino que portaba
    un enorme Aedes Aegypti dispuesto a contagiarnos de la fiebre
    quebrantahuesos. Mis familiares entraron en pánico cuando comenzaron a
    enterarse de los niños fallecidos. El cuerpo de guardia del Hospital
    Pediátrico de Centro Habana era un hervidero de gritos y llantos. Mi
    madre me preguntaba cada hora si me dolía algo y su mano sobre mi frente
    comprobaba que no tuviera fiebre.

    No había información, solo susurros y miedo, mucho miedo. Al no hablarse
    públicamente del verdadero origen de aquel mal, la población apenas se
    protegió. En mi escuela primaria seguíamos corriendo hacia el refugio
    –bajo el Ministerio de la Industria Básica– ante el “inminente ataque
    militar” que llegaría desde el Norte. Mientras tanto un enemigo pequeño
    y sigiloso hacía estragos entre gente de mi edad. Aquella mentira no
    tardó en quedar en evidencia. Décadas después el dengue regresó, aunque
    me atrevería a decir que nunca se fue y que todos esos años las
    autoridades sanitarias intentaron esconderlo.

    Ahora ya no hay a quien echarle la culpa, como no sea al deterioro
    higiénico que vive nuestro país. No es el Pentágono, sino los miles de
    kilómetros de cañerías dañadas y con salideros que hay por toda la Isla.
    No es la CIA, sino la ineficiencia de un sistema que no ha logrado
    siquiera construir nuevas redes de desagüe y alcantarillado. La
    responsabilidad no apunta hacia el extranjero, sino que nos señala a
    nosotros mismos. Ningún laboratorio ha creado este virus para aniquilar
    a los cubanos, es nuestro propio colapso material y sanitario el que
    impide que podamos controlarlo.

    Al menos ya no funciona aquel cuento para niños ingenuos donde los males
    siempre llegaban desde afuera. El embuste, que nos presentaba como
    víctimas inoculadas por la perfidia norteamericana, ya sólo lo aceptan
    los más ingenuos. Como niños que crecen, hemos comprobado que el
    Gobierno nos mintió sobre el dengue y que aquellas no eran paternalistas
    falsedades, sino sofisticadas mentiras de Estado.

    Source: El dengue y los embustes para niños –
    http://www.14ymedio.com/blogs/generacion_y/dengue-enfermedades-secretismo_7_1618708114.html

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