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    El general Aedes
    FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 8 Mar 2016 – 8:24 am.

    Cuentan que Máximo Gómez acostumbraba decir que sus mejores generales en
    la guerra contra España eran junio, julio y agosto. El jefe del Ejército
    Libertador hacía referencia indirecta a un pequeño artrópodo, de nombre
    Aedes —del griego, odioso— y de apellido aegypti —proveniente de Egipto.

    Aunque Gómez no lo conocía como el asesino que Carlos J. Finlay
    descubriría, el general mambí notaba que en esos meses de verano las
    bajas españolas se multiplicaban por enfermedades tropicales altamente
    contagiosas. Aquellos soldaditos peninsulares a veces acampaban días en
    la manigua cubana, bajo el sol y la lluvia, muy cerca de estancos de
    agua, y entonces el “general Aedes” empezaba a causar estragos sin
    disparar un solo tiro.

    El dilema de este insecto con la historia de Cuba es digno de un ensayo
    mayor. Por ejemplo, la historiografía de mala fe ha recogido el falso
    choque entre Walter Reed y Carlos J. Finlay como una “guerra científica”
    entre Estados Unidos y Cuba, donde el norteño es una suerte de bandido
    sin credenciales y Finlay, la víctima con títulos. Para empezar, Reed
    estaba especializado y fue jefe de un laboratorio de bacteriología;
    quien lo envía a Cuba con grado de sanitario mayor del Ejército para
    hallarle una solución a la fiebre amarilla es el Cirujano General de
    Estados Unidos, George Miller Sternberg, eminente bacteriólogo.

    Finlay era oftalmólogo, como su padre, y jamás hubiera usado un
    microscopio para ver un mosquito si no es por un episodio controversial
    donde muere un sacerdote amigo. Como una buena parte de los
    descubrimientos científicos, los autores suelen ser personas dotadas
    para observar y cotejar hechos que otros ignoran, pero están alejados
    del campo de investigación científica. Veinte años antes de que la
    comisión norteamericana decidiera comprobar la tesis de Finlay, ya el
    camagüeyano la había presentado en un congreso internacional.

    Finlay, un cristiano de misa dominical —ascendencia franco-escocesa—
    entregó a Walter Reed de manera voluntaria todas sus investigaciones y
    muestras para que el norteamericano comprobara su teoría. Finlay es el
    descubridor de que un vector puede trasmitir una enfermedad —por primera
    vez en la historia de la medicina— y Reed quien comprobó la teoría
    haciendo gala de una excelente metodología científica. Hoy los
    hospitales militares de La Habana y Washington se llaman Carlos J.
    Finlay y Walter Reed respectivamente.

    Campañas y falta de información

    El “general Aedes” vuelve a hacerse tristemente famoso después de la
    revolución de 1959. Desde que tenemos uso de razón, los cubanos hemos
    oído hablar hasta el cansancio de las “campañas contra el mosquito”. Los
    ya abuelos recordarán aquellos anuncios televisivos, las canciones y los
    carteles en las décadas de los 60 y 70. Pero el comandante de cuerpo
    pintado tomó aspecto de asesino en Cuba durante la primera epidemia de
    dengue hemorrágico, en mayo de 1981; en solo cuatro meses se reportaron
    más de 340.000 casos y varios fallecidos, la mayoría niños. El Gobierno
    cubano, debido al serotipo encontrado, culpó de semejante desastre a
    Estados Unidos y a la guerra bacteriológica. Aun cuando el pérfido
    enemigo haya sido el responsable directo, el “señor Aedes” necesita de
    malas condiciones sanitarias para reproducirse y cobrar sus víctimas.

    La situación de higiene en Cuba puede que no diste mucho de la de otros
    países del Caribe y América, donde el Aedes y los virus que trasmite son
    endémicos. El único problema es que ninguno de esos países se autotitula
    “potencia médica”. Enfermedades extintas en Cuba como el cólera, han
    reaparecido gracias a las malas condiciones higiénico-sanitarias en la
    Isla. Por desgracia, años atrás las autoridades ocultaron —y eso sí fue
    pérfido— las enfermedades con otros nombres genéricos, confusos, como
    enfermedad diarreica aguda —cólera—, y síndrome febril —dengue. También
    las cifras de enfermos fueron retenidas como si de un secreto de Estado
    se tratara, produciendo una respuesta paradójica —como sucedió con el
    HIV—, que al no informar a la población de la magnitud del problema, las
    personas se comportaron como si ningún peligro les acechara.

    Algo nuevo está sucediendo con el Zika y la nueva campaña de
    higienización en Cuba. No es la primera vez que el Ejército y la policía
    salen a combatir al “general Aedes”. Pero es la primera vez que la
    prensa nacional informa, semana por semana, los resultados de la
    fumigación, de la recogida de desechos, el control de los salideros,
    incumplimientos y causas. Han publicado la cantidad de efectivos
    desplegados, y cuentan desde la Isla que la población ha sido mejor
    alertada esta vez, quizás un poco a lo mano militari, pero en una
    situación así y con el deterioro sanitario existente, es preferible una
    acción enérgica.

    El problema es que todo puede quedarse en una “campaña”. Una vez
    controlado el brote, los fumigadores pueden empezar a vender la
    moto-mochila para hacer moto-bicicleta, los líquidos y los enseres para
    matar vectores vendidos a particulares, los mosquiteros convertidos en
    cortinas y batas de casa; el inspector firmando como vivienda
    inspeccionada a cambio de una caja de cigarros o un poco de café; el
    fumigado escondido del fumigador para que no “curiosee” lo que tiene en
    casa.

    Es el deterioro mental producto del quebranto social y económico —y por
    supuesto, sanitario— el que ha condicionado actitudes casi suicidas. Por
    eso, la campaña debe comenzar por la higienización de la psiquis de las
    personas. Para ello, lo primero es no mentir, no ocultar la magnitud del
    desastre y darle a la población recursos de verdad para arreglar sus
    viviendas, cortar los salideros, botar la basura y chapear los patios.
    Nada a largo plazo resuelven un mosquitero, o veneno para cucharas y
    ratones. Es imprescindible, si se quiere ganar esta “batalla”, que las
    personas se sientan responsables de su propia salud y de su entorno, y
    no el Estado, al que el “general Aedes” ya ha derrotado demasiadas veces.

    Source: El general Aedes | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1457390570_20761.html

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