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    El zika y los ancianos del Hombre Nuevo
    En Cuba rige la ley del más fuerte
    Lunes, enero 23, 2017 | Gladys Linares

    LA HABANA, Cuba.- A estas alturas ya pocos deben de ignorar que la vida
    de los cubanos no es tan feliz como la pinta el gobierno. Si conseguir
    comida es difícil, la verdadera tragedia se presenta cuando por ingerir
    alimentos en mal estado uno se intoxica, como le sucedió a Andrés con la
    mortadela que venden por la libreta de racionamiento, y que también se
    puede comprar “por la libre” a 20 pesos; la misma de la merienda de las
    secundarias básicas, que apenas tiene aceptación entre los estudiantes.

    Cuando Andrés amaneció con el prurito y la erupción, rápidamente salió
    para el médico. Visitó tres consultorios, pero estaban cerrados.
    Entonces decidió regresar a la casa, su esposa le dio una Benadrilina y
    esperaron tener mejor suerte al día siguiente. Y así fue, pues la
    doctora de la posta médica estaba atendiendo. Tras examinarlo, le
    diagnosticó una intoxicación y le recetó una Benadrilina cada seis
    horas. Además, como dieta, le mandó caldo sin grasa, malanga (que cuesta
    10 pesos la libra, cuando se encuentra), calabaza, plátano y arroz, y
    jugos, que ellos sustituyeron por agua con azúcar porque su economía no
    da para más.

    Pasaron dos días, y aunque mejoraba, era muy lentamente, y el anciano
    quería estar bien para su cumpleaños 83 el lunes 16. El hijo se lo iba a
    celebrar; ya le había encargado un cake a un cuentapropista que según
    él, los hace muy sabrosos. Así que, por insistencia suya, el hijo lo
    llevó el sábado al cuerpo de guardia del Clínico Quirúrgico de 26, pues
    él quería que le pusieran algo más fuerte que la Benadrilina para
    curarse más rápido.

    Cuando la doctora del Clínico lo examinó, sin prestar atención a la
    explicación del paciente, sentenció: “Usted tiene zika”. El hijo,
    extrañado, le explicó que Andrés no tenía dolor de cabeza, ni dolores
    musculares, ni en las articulaciones, ni fiebre, y el ojo rojo se debía
    a que hacía pocos días había sufrido una operación de cataratas bastante
    traumática. Pero ella les dio una orden para un análisis mientras
    repetía como disco rayado: “Esto es zika, esto es zika”.

    Pasadas casi tres horas, llegó el resultado del análisis, que fue
    negativo. No obstante, la paranoica doctora concluyó: “Es sospecha de
    zika y lo voy a ingresar”. El joven, al ver que la doctora no transigía,
    le preguntó: “¿Me puedo quedar con él?” “Es en una sala de infecciosos,
    y no puede haber acompañantes ni visitas”, negó ella. Inmediatamente
    redactó la historia clínica y puso el análisis dentro, y les indicó
    dónde quedaba la sala. Cuando salieron de la consulta, Andrés, que había
    permanecido callado, habló. “Yo no me voy a ingresar, porque sé que no
    tengo zika. Yo estoy intoxicado, y ahí no me van a dar los medicamentos
    que necesito, ni la dieta, y me voy a morir”. Su hijo no se opuso, pues
    había pensado algo parecido.

    El día de su cumpleaños ya Andrés había mejorado bastante. Por eso les
    extrañó cuando bien temprano en la mañana les tocó a la puerta la médica
    de la familia, porque según dijo, en el hospital habían reportado al
    municipio el caso como zika, y que el enfermo no quiso ingresar. Cuando
    le enseñaron a la doctora la historia clínica y el resultado del
    análisis, ella, que fue la que dio el primer diagnóstico de
    intoxicación, lo auscultó y vio su mejoría, y le amplió las opciones de
    alimentos. Además le afirmó que no tenía zika, y que estuvieran tranquilos.

    Pero no había transcurrido una hora cuando se presentaron dos
    trabajadores de la campaña antivectorial a la entrada del edificio, y
    comenzaron a gritar a voz en cuello: “¡El caso de zika! ¡Apartamento 4!”

    Los ancianos, que estaban solos en la casa, se pusieron bastante
    nerviosos. Para colmo, una vecina chismosa y “patriota” les abrió la
    puerta del edificio, les franqueó la entrada y los acompañó hasta la
    puerta del apartamento, a la vez que increpaba a la mujer para que los
    dejara fumigar. Pero esta con firmeza les decía: “Él está intoxicado. Ya
    la doctora estuvo temprano y lo vio”. Trataba de enseñarles la historia
    clínica, pero a aquellos energúmenos no les interesaba verla. El que
    traía la bazuca, le gritaba: “¡Si no deja fumigar, le voy a levantar un
    acta por negarse, y son 150 pesos de multa!”. De la palabra pasó al
    hecho, tratando de intimidarla para que firmara. Mientras, ella repetía:
    “La fumigación tiene petróleo, y eso lo puede poner peor”.

    Como a la media hora regresaron, pero la mujer tampoco cedió.
    Transcurrió otra media hora y volvieron dos más, pero estos eran
    distintos. Uno era el jefe de la campaña, educado y respetuoso. Se
    disculpó por el maltrato de sus campañistas. Aceptó leer la historia
    clínica e ir a ver a la doctora. Al regreso, les propuso: “Miren, como
    se ha armado tanto revuelo, para que los dejen tranquilos le vamos a
    fumigar con ficán”, a lo que ambos ancianos accedieron.

    La realidad es que el Aedes aegypti tiene residencia permanente en Cuba.
    Para erradicarlo no basta la voluntad ciudadana. Se hace necesaria la
    concientización del gobierno, que, sistemáticamente, debe limpiar los
    solares yermos, los microvertederos, facilitarle a la población tanques
    apropiados para acumular el agua (ya que no es capaz de mantener el
    suministro constante), erradicar los salideros y recoger la basura
    diariamente, entre otras medidas.

    Pero lo que más preocupa, en vista de que rige la ley del más fuerte, es
    ver cómo cada día crece el maltrato del “hombre nuevo” hacia los
    ancianos y desvalidos.

    Source: El zika y los ancianos del Hombre Nuevo | Cubanet –
    www.cubanet.org/opiniones/el-zika-y-los-ancianos-del-hombre-nuevo/

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