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    De caracoles, clarias, peces león y demás invasiones
    Tres animales introducidos en Cuba en la última década por ignorancia o
    estupidez que han modificado el ecosistema
    Domingo, febrero 12, 2017 | Pedro Manuel González Reinoso

    VILLA CLARA, Cuba.- El primer ruido por la importación irresponsable de
    peligrosas especies exóticas al país, sonó en 2014 con el molusco
    nombrado Achatina fulica.

    Un aduanero entretenido —o corrupto— permitió a un turista practicante
    del sincretismo yoruba procedente de Lagos, Níger, la entrada de un
    ejemplar vivo del caracol africano más mortífero y depredador del que se
    tenga noticia. Lo traía, declaró después, por encargo de suma santería.

    Acto seguido, recordándose la beatificación ochentona hecha en aquellas
    selvas-afro por el mofletudo rey-puesto al insular rey-de-puesto —quien
    giraba entonces por campamentos de su soldadesca sufragados por el
    Kremlin—, el aeropuerto entero cayó en trance y de bruces se postró,
    turulato, dejándolo continuar en paz, monstruo consigo.

    Traía la babosa terrenal de mayor tamaño: su concha puede medir hasta 30
    cm de longitud y 8 cm de alto. Aunque es especie herbívora, come de
    todo, incluidos excrementos, ciertos áridos y materiales dúctiles de
    construcción por postre (si llegara a “vacacionar” en alguna instalación
    del consorcio Gaviota, la dejaba sin paredes, pues entre el pladur y el
    yeso que priman, se mecen sus exquisiteces).

    En cautiverio, puede consumir alimentos de origen animal, como comida de
    perros y gatos, aunque es notable que el caracol común también consume
    lo que aparezca en épocas de lluvia. Máxime que perros y gatos del país
    andan en desbandada sin dinero ni comida fija (porque no las tienen ni
    sus propietarios).

    Actualmente está extendido el bicho por Sudamérica: en la madurada
    Venezuela y en la macrina Argentina, en muchas islas del Pacífico y, en
    general, por todas las zonas tropicales del mundo (no solo donde existan
    generales).

    Aparece en la lista de las 100 especies invasoras más dañinas de la
    Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Algunos lo
    han convertido en mascota tenebrosa. Sin embargo, es ilegal en varios
    países, entre ellos España (desde 2011); ahí ha terminado inscrito en el
    Catálogo de Especies Dañinas a Desterrar; así como en los Estados
    Unidos, donde la McDonald’s no tiene todavía ningún interés en
    filetearlo, como sí hemos hecho en las pescaderías cubanas con la
    mixturada claria-clariidae (Clariallabes) —mitad pez gato africano
    (Clarias gariepinus) y mitad pez tigre malayo (Panthera tigris/Gunther)
    pertenecientes a la familia Alestidae— que hoy es capitana-depredadora
    de todas las invasiones de oriente a occidente. Lo peor reside en su
    felinidad, pues traga ratas, ratones y hurones portadores de
    espiroquetas y leptospiras sin padecerlas.

    Las bestezuelas clarias pueden dar albergue a muchísimas variantes de
    digeneans entre miríadas de endo-y-ecto-parásitos, reservorios del mal
    humano y el caos ecológico. Pueden sobrevivir casi como las cucarachas
    hasta una explosión nuclear y cuando no tienen qué comer después de
    andar tres días por esos caminos del mundo sin agua y sin aliento, pues
    se devoran entre sí, o como cualquier batracio: se entran a dentelladas
    no solo en la piel.

    Porque siguiendo los pasos ahistóricos de la gorronización de la isla
    por orden de un dictador anterior para desplazar a las cagonas
    golondrinas, un edecán del MINFAR las introdujo desde Vietnam, China y
    Tailandia bajo premiable encomienda en los 90s, con el fin de salvarnos
    de la inanición. Existe un corto titulado “Revolución Azul” (Fabián
    Archondo, 2008) que ofrece confesión del oficial diseminador —Macario
    Toledo— quien muestra un exuberante orgullo patrio en tan descabellada
    acción, desde el matancero Hershey donde la propagó.

    Resulta cómica la tesis de que la Brigada 2506 pretenda reclutarla para
    destronarnos algo, dado que puede convertirse en plaga comilona dando
    cobijo a nemátodos asquerosos, parásitos que se alojan en los tejidos
    fibromusculares y secretan en la baba, ocasionando afecciones como
    meningoencefalitis eosinofílica y angiostrongiliasis abdominal,
    transmitidas por la lombriz Angiostrongylus cantonensis, que infecta los
    pulmones de las ratas. (Ya por suerte, en el barrio Chino de Zanja no
    venden ratas fritas por pollos, y del pesca’o, mejor ni hablemos). Así
    que para “gusanos” entrenables, con aquellos brigadieres basta.

    También conforman vectores de la bacteria gramnegativa Aeromonas
    hydrophila, con distintos síntomas, principalmente vómitos y diarreas
    continuas en las personas con sistemas inmunológicos delicados, siempre
    en el supuesto caso de que su preparación para el consumo no haya sido
    bien realizada, ni debidamente neutralizada su carne con cloro o sosa
    caústica. Asimismo, el consumo u olisqueo de esta especie por parte de
    animales domésticos desesperados les ha causado muerte instantánea.

    De alguna venenosa manera, el mortífero pez león (también africano) —que
    ya se expandió a través del país por obra y desgracia del personal
    alocado de cierto acuario—, sumado a este caracol nefasto más la
    imparable claria, se han apoderado en conjunto del mar y la tierra
    cubanas exhibiendo semejanzas fulminantes.

    Somos los humanos culpables de casi todo error cometido en la
    naturaleza, la que suele portarse más sabia ubicando a alimañas atroces
    en remotas regiones y no aquí, donde prima la indefensión y el
    desconocimiento.

    Pero nosotros, seres conscientes cruzados con burros, hacemos siempre lo
    contrario (justo donde todo es más frágil).

    El trueque médico-económico actual con el resto del mundo ha estrenado
    muchas enfermedades inexistentes en Cuba hace apenas unos años: el
    dengue hemorrágico, el cólera, el H1N1, el zika y esa fiebre
    impronunciable. Hasta que un día nos sorprenda el ébola. Todo a causa
    de no poner como se debe a nuestros entes serviciales en respectivas
    cuarentenas.

    El caracol es una especie terrestre de la familia Achatinidae, en el
    orden Pulmonata. Algunas oriundas tribus ¿también habaneras? lo ingieren
    con sumo cuidado por sus oscuros poderes indemostrados. Luego lo gritan
    a henchido pulmón. Somos “los caballos” —gritan— y ya sabemos cómo nació
    esa animalidad.

    Por Capricho Aduanero, como la canción.

    Ahora nos tocará “(re)mover” los caracoles para librarnos de la tripleta
    devoradora.

    Igual que algunas variedades, Achatina fulica es además hermafrodita, y
    crece y se reproduce a gran velocidad, por lo que puede ocasionar graves
    daños en ecosistemas y cultivos. Alcanza este “machihembro” —no
    registrado en el CENESEX—, la paridera de 1200 descendientes anuales. En
    su ma-pa-trimonio, deviene felicísimo consigo mismo, aliviado de
    impertinente consorte.

    Se recomienda no tomarlo con las manos desnudas y menos si en ellas hay
    cortaduras o heridas (se debe usar guantes siempre). En zonas cercanas a
    la feria agropecuaria de Rancho Boyeros han sido hallados hasta 200
    miembros de esta secta irreligiosa en una sola mata. Porque a ellas
    trepan, como gallinas, habiéndolas emponzoñado antes.

    Si restara lugar, el resto de la prevención requerida que lo haga el
    MINSAP, transitando por La Habana infestada palo y cubo en mano, a ver
    si es posible retardar aún este avance fiero, con la altísima ayuda del
    Señor, y de nosotros, los eternos pe(s)cadores.

    Source: De caracoles, clarias, peces león y demás invasiones | Cubanet –
    www.cubanet.org/mas-noticias/de-caracoles-clarias-peces-leon-y-demas-invasiones/

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